Satipo, una historia de castillos y utopías Destacado

Y a pesar de que el océano está a ciento de kilómetros de distancia le pusieron Viña del Mar. No lo hicieron como un homenaje o añoranza a la conocidísima ciudad chilena. Eso era imposible y no precisamente por una inquina bélica o un pacífico resentimiento, sino por la sencilla razón de que los fundadores no tenían ninguna relación filial o afectiva con aquel destino que todos los años se hace escuchar, a través de su famoso festival musical.

En la búsqueda de la catarata El Castillo, mientras conversa con un asháninka y un colono de Viña del Mar (Mazamari, Satipo), un forastero empieza a soñar con una selva sin deforestación, en la que naturaleza sea respetada y se proteja la biodiversidad

Ellos desconocían el secreto de las mareas y los rumores de la brisa. Sus ojos no se habían perdido jamás en el horizonte infinito de Viña del Mar ni de ninguna otra ciudad o caleta costera. Sus manos –ásperas, sarmentosas, trabajadoras– no sabían del lacerante contacto de las redes, aunque eran sabias en abrir surcos en los pródigos y coloridos escenarios de los Andes, esa cordillera –su cordillera– de cumbres desafiantes que se entienden con el cielo.

Allí, entre los pliegues y ondulaciones cerriles, aprendieron a rendirle tributo a la madre tierra y a pedir la protección de los apus. Su mundo eran los valles, las quebradas y las punas, pero ese no era un mundo perfecto. Se vivía o sobrevivía con lo justo. Fue por eso que algunos decidieron partir. Con el dolor de su corazón se fueron para el monte, donde encontraron furiosas cataratas y ríos de cauces irrespetuosos que siempre se escapan de sus márgenes.

Los rumores decían que en la selva se podía progresar y hacer plata. No sería fácil, pero al menos era una esperanza y, bueno, como la esperanza no pesa ni ocupa espacio, sus padres –los fundadores del centro poblado Viña del Mar de Mazamari (Satipo, Junín)–, abandonaron sus comunidades. Tal vez lo hicieron entre lágrimas, entregándole una última ofrenda a la Pachamama o pidiéndole al apu que siguiera protegiéndolos en esa geografía ignota que sería su nuevo hogar.

Con o sin rituales de despedida, campesinos de las zonas de altura del centro del Perú, se asentaron en la boscosa provincia de Satipo. Eran extraños en un territorio agreste y tórrido, tan distinto al que los había acunado. Tuvieron que adaptarse a su entorno y aprender (o tratar de aprender) a convivir con los herederos ancestrales de aquellas geografías: los asháninkas (la gente, los paisanos en español), el pueblo originario más numeroso de la Amazonía peruana.

No fue fácil entonces. No es fácil ahora. Las costumbres, la cosmovisión y hasta la lengua materna son distintas; pero se intenta, se busca, se construye esa armonía entre nativos y colonos. Es por eso que hoy, el jefe de la comunidad nativa de Poshonari y uno los descendientes de los fundadores de Viña del Mar, acompañan a uno de los forasteros que se esfuerza por llegar a la catarata El Castillo, en una travesía de pasos de barro y masato compartido.

El jefe es joven, viste una cushma y anda descalzo. Se llama Nílver y quiere que su gente disfrute de los beneficios de la globalización, aunque sin renunciar a su identidad ni a sus tradiciones. Por eso mantienen viva su lengua, y es por eso, también, que a veces se entretienen viendo televisión satelital. Su socio de camino –al que llamaremos Isaías– va con jeans y zapatillas. Nació y creció en un centro poblado que no tiene mar, pero si una poza de agua salada. Ese fue el origen de su nombre.

Un castillo en la selva

Nílver quiere desarrollar el turismo vivencial y de naturaleza en Poshonari. Isaías pronto se irá en busca de sus hermanos. Ellos se marcharon para ganarle (o arrancarle) espacio a la selva de Atalaya (Ucayali). Siguen el ejemplo de su padre en un lugar en el que no existe nada de lo que conocemos como progreso. Uno se queda. El otro se va. Contrastes entre peruanos que habitan un bosque que empieza a replegarse peligrosamente, ante el avance de los cultivos de cacao y plátano.

Cuál es el punto de equilibrio. Es posible cimentar el desarrollo humano sin deforestar ni amenazar a los animales silvestres. O será que estamos condenados a depredar el planeta en aras de lo que entendemos como civilización. Dudas. Incertidumbre. Preguntas que atormentan y persiguen al forastero que conversa amigablemente con Nílver e Isaías, hasta el final de ese camino plácido y ancho que es carretera sin asfalto en la época seca.



Después vendría el descenso por un senderito inestable. Es el tramo final. Los últimos 20 minutos, arenga el jefe, sin saber que el visitante acortaría sus pasos. Despacio y en cámara lenta avanza, como un equilibrista sin protección que reta a la cuerda floja. El grupo se parte. Nílver está apurado. Otros ya están en El Castillo y él, sin ser rey o señor feudal, debe ser el anfitrión en ese paraje donde las aguas se desgarran acrobáticas y espléndidas por rocas humedecidas que fungen de torreones.

La bajada se hace eterna. Isaías es paciente. Espera, ayuda, le da una mano a su ocasional acompañante. Está cansado y el calor lo debilita. Le ocurre siempre en la selva. Ya le ha pasado antes en Satipo: surcando el río Tambo, acampando en una comunidad nativa, caminando entre aguas revoltosas, tomando masato al lado de una fogata, aprendiendo a decir pasonki en vez de gracias y, alguna vez, festejando con profesores y alumnos el fin del año escolar en un aula modesta.

Llegará. Falta poco. Ya escucha el rumor de las aguas de ese castillo que no es un castillo. Pero esa no es una sorpresa. Total, no existen playas ni olas oceánicas en la Viña del Mar de la que le habló Isaías, quien tarde o temprano partirá hacia Atalaya. Ese es su destino. Migrar. Cambiar su rumbo. Ser un colono en la Amazonía sin montañas ni cascadas. "Allá es diferente", afirma, lo sabe, ¿será por eso que se marcha?... no hay más palabras. En silencio contemplan el paisaje.

Isaías lo extrañará. Nílver quiere que muchos puedan disfrutarlo. El forastero se convence de que valió la pena andar tres horas sobre el cascajo, el barro y el agua. Ese es el sello aventurero de Satipo, una provincia que es exploración y encuentro intercultural, un destino que invita a reflexionar y a pensar en utopías: la de creer que el hombre será capaz de encontrar la manera de vivir en armonía con la naturaleza; esa naturaleza que premia a los viajeros que buscan un castillo en el bosque.

Infodatos

  • Rumbo a Satipo: diez horas por carretera desde Lima. Buses todos los días. Viaje a este destino con Movil Tours (www.moviltours.com.pe).
  • La comunidad: Poshonari se encuentra a más de una hora de Satipo (vía asfaltada y afirmada).
  • A pie: a la catarata El Castillo se llega caminando. Cuando la carretera está en buen estado, el visitante solo transita por el sendero angosto que conduce al pie de la caída de agua. Este tramo dura de 30 a 40 minutos. Si el camino está embarrado y los vehículos no pueden avanzar, el trayecto se alarga de dos a tres horas.
  • Sabor: prueba lo mejor de la gastronomía local en el restaurante turístico Poshini. Su nueva carta incluye un novedoso chaufa de tacacho. Dónde: jirón Julio C. Tello 455, Satipo.
  • El contacto: si quiere conocer El Castillo y otras cataratas de Satipo, contáctese con Che Zúñiga al correo Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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Modificado por última vez en Domingo, 18 Marzo 2018 05:44

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