Feliz día: Historias de madre Destacado

Ni de política ni de religión. De esos temas no se habla. Están más que prohibidos. Al menos para los extraños y recién llegados. Y es que ella lo tiene bien clarito, si alguien intenta convencerla de apoyar a un partido de puros otorongos o se atreve a decir pestes de sus santitos y virgencitas, se queda afuerita nomás de su casa de puertas abiertas y meriendas compartidas en La Encañada, Cajamarca.

Donde el autor, a manera de homenaje por el Día de la Madre, recrea tres encuentros camineros que quedaron grabados en su memoria

Tampoco los va a recibir para estar discutiendo. Total, ella vive en paz con sus creencias y esos majaderitos no lograrán convencerla de nada. Calladitos o que le hablen solo de cosas bonitas, de esas que le alegran la vida, de esas que se narran y escuchan mejor con una sopa de quinua, varias papitas sancochadas y muchos puñados de canchita.

Eso nunca falta en su cocina en la que corretean los cuyes y, como nunca faltan, hay que compartirlas, predica y alecciona doña Rosa -caballera blanca, rostro apergaminado, piel clara y sonrisa recurrente- mientras va y viene con unas tazas humeantes en las que flotan varias yerbitas sanadoras. ¿Un poquito más?, ofrece con ternura de madre y abuela.

Jovial y dicharachera, un sombrero ancho la protege del sol cuando sale al campo, cuando alimenta a sus animales, cuando saluda con una sonrisa bondadosa a quienes pasan por su lugar en el mundo. Así la recuerdo, así la conocí hace más de una década. Y, como no soy un majaderito, ella me invitaría a pasar a su cocina, donde, entre papitas y queso, comenzaría a escribirse esta historia.

Madre cosmopolita

En su mesa hay un diccionario que conoció de mejores tiempos. Viejo y trajinado, el estado de sus páginas revela que han sido consultadas miles de veces. Sin duda ha pasado por muchas manos, incluyendo las de ellas, ahora ocupadas en otros menesteres, pero que sin duda han ido de la A hasta la Z en busca de esa palabra que desenrede la confusión y termine con la falta de entendimiento.

Sí, el diccionario es clave desde hace algunos años. Por eso siempre está ahí, al alcance de su esposo y de sus hijos, también de los turistas que llegan a su isla surcando las aguas míticas del lago Titicaca. Cuando está de turno, la señora María va a recogerlos al muelle y los conduce hasta su casa que no está lejos; bueno, nada está demasiado lejos en Anapia (Puno), la comunidad lacustre en la que nació.

Cordial y afable, la señora María -trenzas, mejillas cuarteadas, polleras y medias de lana- anda como loquita cuando tiene huéspedes. Y es que debe atenderlos, prepararles sus comidas y compartir su jornada con ellos. Juntos se van a la chacra, a navegar y pescar en un rústico velero y, a veces, a buscar a esas vacas que andarán 'vaya uno a saber donde'. Igual las encuentra. Ella es una trome.

En esas jornadas su familia crece y se vuelve cosmopolita, entonces, suele suceder que sus nuevos hijos no entienden ni aimara ni español, para eso está el viejo diccionario bilingüe. Sus páginas ayudan a borrar las barredas del idioma, solo del idioma, las otras barreras que pudieran existir, María las supera con amabilidad, sapiencia y cariño. De eso puedo dar fe. Ella me 'adoptó' durante varios días.

Una madre que cura

Cura los males del cuerpo y el alma sin antibióticos ni barbitúricos, confiando en el poder de la naturaleza. Y es que ella es hija de la selva y su abuelo le enseñó a utilizar las raíces, las cortezas y los frutos del bosque. No fue tarea fácil. Tuvo que internarse en la espesura para comunicarse con las plantas y los animales. Solo así podría ser una efectiva curandera, una auténtica chamana kukama kukamiria.

Seria y silenciosa, su mirada es profunda, se podría decir que hasta un poquito perturbadora e inquietante. Será que los ojos de Carola –blusa blanca, falda negra, pies descalzos, larga cabellera– son capaces de ver más allá. Será así que descubre las enfermedades y delirios que atormentan a quienes llegan a consultarla a San Regis, su pueblo en las orillas del Marañón, uno de los grandes ríos amazónicos.

En botes y peque peque vienen a buscarla o a llevársela, conocida es, por eso llega gente de otras comunidades y pueblo. Hasta de Nauta o Iquitos. De día o de noche aparecen. No hay horarios cuando se trata de sanar o salvar vidas con sus preparados y mejunjes, tampoco cuando tiene que cumplir con sus labores de madre y comunera.

Y es que Carola no solo es curandera. Ella educa. Ella crea. Ella cosecha y pesca. Así pasa sus días en el bosque que aprendió a descifrar gracias a su abuelo. Pero aún le falta mucho por conocer y, también, por enseñar: a sus hijos y a los viajeros que de tarde en tarde la visitan y quieren saber cómo es la vida de Carola, la madre y curandera del Marañón.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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Modificado por última vez en Domingo, 13 Mayo 2018 10:02

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