Tres historias, un destino Destacado

Más allá de los destinos, viajar permite recolectar experiencias y anécdotas. De su reciente exploración al distrito de Aquia (Bolognesi, Áncash), nuestro colaborador Rolly Valdivia Chávez comparte algunas de las vivencias e historias que escuchó en el centro poblado de Santa Rosa.

Se miraban, se reían, también se avergonzaban. Eran unos niños que jugaban a ser grandes en la pampa. Así, entre mohines y disfuerzos, entre las faenas del campo y el pastoreo, ambos despertaban a ese raro sentimiento que les hacía sentir una punzada extraña en sus alterados corazones.

Pero había un problema. Ella estaba al frente, siempre al frente, cuidando a los animales de su familia y si bien el cauce del Pativilca no es demasiado ancho ni temible en Ogopampa, saltarlo no era la mejor alternativa para un muchachito de 12 o 13 años.

Lo sensato era quedarse en su orilla y esperar el retorno al pueblo para conversar con ella en la escuela o en el atrio de la iglesia… ay, pero qué sabe o entiende el corazón de prudencias y cautelas, cuando sus latidos desbocados acicatean a la osadía y al atrevimiento.

Y corrió y brincó y hasta creyó que volaba porque el amor lo puede todo. Se equivocó. Su salto quedó corto. Poquito le faltó para aterrizar triunfante en el otro lado del río y librarse de la vergüenza de que ella lo viera así, vencido y lloroso, tratando de salir a la desesperada de aquel torrente quebradizo.

No fue una tarea fácil. Ella lo ayudó con su manta. Ella fue la heroína de Ogopampa, donde pasta el ganado de los comuneros de Santa Rosa, se vislumbra la nívea cumbre del Quicash y todavía se narra la historia de ese primer amor que naufragó en las aguas frías del río Pativilca.

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Le dicen ‘Tripa’. No es un apodo muy distinguido ni elegante, pero así lo llaman desde la escuela y a él no le molesta. Bueno, al menos eso es lo que dice, aunque aquí, por respeto y agradecimiento a su hospitalidad -su casa fue nuestra zona de campamento- utilizaremos su nombre de pila.

Así ‘Tripa’ dejará de ser ‘Tripa’ para ser únicamente Wilian, el comunero cordial y atento que dejó Santa Rosa -su tierra- para ganarse la vida en Huaraz. Pero el suyo no es ni será un adiós definitivo. Siempre vuelve. Le gusta volver a su centro poblado, a su comunidad, a su hogar ahora invadido por un grupo de exploradores.

Delgado como una tri… (complete usted la palabra, nos queremos volver a escribirla), Wilian es un anfitrión esmerado y de palabras justas. En su hablar no hay excesos ni siquiera cuando conversa con su esposa por el celular, lo cual es una especie de privilegio en este rinconcito de la provincia de Bolognesi.

Y no es que él sea un potentado o tenga un moderno aparato satelital. Nada de eso. Su suerte o fortuna -más allá de haber ‘sembrado’ su casa frente a una laguna bordeada de queñuales- se basa en un capricho tecnológico que le permite llamar y recibir llamadas en su cocina.

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Pero la señal no está en todo ese ambiente gastronómico. Se requiere de precisión quirúrgica para ‘atraparla’ en un punto exacto de la ventana. Solo allí y únicamente ahí, siempre y cuando se tenga un celular antiguo, pasado de moda, ‘chanchito’ o ‘brutito’ pues.

Aquí no sirven los teléfonos demasiado listos. Quizás sea lo mejor. Desconectado se disfruta más de Santa Rosa, donde la casa de un joven llamado Wilian, pero apodado ‘Tripa’ desde el colegio -huy, lo siento, se me escapó- se convierte en el campamento temporal de un grupo de expedicionarios.

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Ese puente está embrujado. Eso es lo primero que pensé después de escuchar lo que sucedió y todavía sucede al cruzarlo en las noches demasiado festivas y achispadas. Esas que no son tantas. Esas que no ocurren siempre. Esas que pasan nomás de cuando en vez.

Mi segunda ocurrencia fue achacarle la culpa al viento castigador de la altura o, para decirlo poéticamente, al aliento fríamente inspirador del nevado Quicash. La última explicación no tiene nada que ver con las musas y los vates, pero sí con el humeante y portentoso ‘chinguirito’ que ahora circula de vaso en vaso.

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Díganme ustedes cómo no voy a pensar que es cosa de artilugio o brujería el hecho de que varios comuneros que juraban estar solo ‘picaditos’ al dar los primeros pasos en ese puente traicionero, hayan llegado a la otra orilla en un estado deplorable, casi casi en condición de bultos.

A falta de testimonios que refuercen la hipótesis del hechizo o maldición contra los borrachines de Santa Rosa, las sospechas recaen sobre el viento. Según distintas versiones recogidas para esta nota, sus ‘soplidos’ son capaces de ocasionar el desplome fulminante de aquellos que por su madrecita dicen estar solo ‘picaditos’.

Sí, pues, las frías exhalaciones del Quicash tenían la culpa. Eso me parecía más creíble que un supuesto encantamiento. Caso cerrado hasta que el ‘chinguirito’ o ‘calentito’ se hizo sentir, entonces, como viajero prevenido vale por dos, decidí que no cruzaría ningún puente hasta el amanecer. A mí con brujerías.

A tener en cuenta

- Dónde: El Centro Poblado de Santa Rosa se encuentra a 25 minutos de Aquia.
- Curiosidad: Antes la zona era conocida como Desagüe porque una acequia cruzaba por el actual centro poblado.
- Qué visitar: La laguna Chalanga, Ogopampa y la formación geológica Lashlash
- Cómo llegar: Directo desde Lima con Turismo Cavassa. Tiempo: 7 horas.
- Dormir: En Aquia hay hospedajes
- Altura: Aquia se encuentra 3 337 m.s.n.m. (aproximadamente)

Texto y fotos: Rolly Valdivia Chávez

 

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Modificado por última vez en Martes, 30 Mayo 2017 20:59

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