A dos horas de São Paulo, Ilhabela es un paraíso del ecoturismo Destacado

Playas de aguas verdosas, cascadas de todos los tamaños y montañas para senderistas arriesgados, todo en un solo lugar. Eso es Ilhabela, una reserva natural del litoral paulista con buena infraestructura hotelera y gastronómica, pero con aire pueblerino. Una escapada que amerita cierta dosis de audacia y planificación, pero que se convertirá en un recuerdo imborrable.

Formada por 14 islas e islotes, Ilhabela es una de las joyas del litoral paulista. Con acceso no siempre expeditivo, es un santuario natural a sólo 215 kilómetros de la capital del estado más rico y poblado de Brasil, con un irresistible conjunto de playas, cascadas y montañas

Lo fácil será llegar a São Paulo, con las conexiones aéreas disponibles desde Perú. Una vez en la capital paulistana conviene contratar un transfer hasta la isla; otra opción será combinar el traslado hasta la localidad de São Sebastião -sede administrativa del municipio de Ilhabela- donde se toman las balsas que salen cada media hora hacia las playas y atracciones naturales, y están ubicados los alojamientos, sean hoteles, posadas o campings.

Ilhabela tiene una extensión de 340 kilómetros cuadrados, de los cuales el 85% está bajo régimen de protección ambiental. Con 150 km de costa y 40 playas, uno de los planes dilectos de los visitantes son los paseos en barco por las islas cercanas, una práctica que confirma el apodo del lugar como la Capital de la Vela en Brasil.

Uno de estos parajes es la Praia do Bonete, considerada una de las diez mejores de Brasil. Ubicada en una reserva natural, para conocerla sólo se puede acceder por barco o por un camino de 12 kilómetros durante el cual se atraviesan parajes de selva tropical con ríos y cascadas. Bonete es una ensenada de ensueño, poco concurrida y con 600 metros de extensión y oleaje intenso.

Para los más cómodos, las más céntricas Praia Grande y Praia do Curral tienen excelente infraestructura; restan otras 38 playas para elegir donde tenderse a tomar el sol.

Ilhabela está formada por una cadena montañosa con recorridos de distintos niveles de dificultad para senderistas; entre las rutas más recomendadas está la que conduce al Pico Baepi. Desde su cima, que ronda los 1.058 metros, se disfruta de una impresionante vista panorámica del canal de São Sebastião y parte de la Serra do Mar.

Por otra parte, el sendero que conduce a la Praia do Bonete desde la Ponta da Sepituba, alcanza los 12 kilómetros y es una de las zonas más preservadas, con las cascadas Lage, Aerado y Saquinho, cuyas aguas cristalinas son un regalo para al caminante.

Entre las joyas de Ilhabela se encuentra la Cachoeira do Gato, que alcanza 40 metros de altura y requiere de una caminata de más de 40 minutos desde el extremo oeste de la Bahía dos Castelhanos. El agua fluye sobre una gran pared escarpada, ofreciendo una vigorosa ducha por la fuerza de la caída. Además, alrededor de la cascada se forman pozos completamente límpidos y cristalinos.

Otra opción popular y accesible es alquilar botes o canoas para acceder a algunos puntos de la isla obviando los senderos internos. Esto permite a los visitantes disfrutar de algunas de las playas más hermosas, incluida Praia do Bonete, pero también contemplar atardeceres inolvidables.

Ilha das Cabras brinda oportunidades de ensueño para los entusiastas del buceo. Se encuentra en el Santuario Ecológico Submarino, creado en 1992, y a siete metros de profundidad se halla una estatua de Neptuno rodeada de especies exóticas de peces, caballitos de mar y corales. Además, los restos de naufragios se han convertido en el hogar de esponjas, anémonas y otras especies fijas cuyos colores son un espectáculo.

Ilhabela tiene 12 kilómetros de ciclovías en el centro de la ciudad, y las bicicletas se pueden alquilar en distintos puntos. Su popularidad se ha incrementado porque permite recorrer los senderos junto al mar y encarar rutas más breves para visitar lugares de interés, como la Hacienda del Ingenio del Agua, la iglesia de Nuestra Señora Auxiliadora, bares y pequeños establecimientos comerciales.

Nota aparte merecen los “borrachudos”: son los habitantes más molestos de Ilhabela, mosquitos que reciben a los turistas de la peor manera y que ya son parte del folklore local. Los conocedores recomiendan comprar los repelentes que venden en la isla (una mezcla de crema hidratante y citronela) y proteger a los más chicos con ropa adecuada.

El centro de la ciudad tiene una interesante dotación de opciones gastronómicas, de compras y de entretenimiento para disfrutar al caer la tarde.

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Modificado por última vez en Domingo, 01 Diciembre 2019 09:17
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