Reflexión viajera: un desvío coyuntural Destacado

A veces el Perú golpea, duele, decepciona. En esas jornadas de desilusión patriótica en la que el hedor de los negociados y componendas políticas penetra con mayor intensidad en los pulmones de la ciudadanía, es inevitable preguntarse si tiene algún sentido continuar escribiendo crónicas de viaje en una sociedad enferma de corrupción, donde el 'cómo es' y el 'cuánto hay', son las frases favoritas de muchas autoridades elegidas democráticamente.

Dónde el autor debate con su conciencia sobre la necesidad o pertinencia de escribir crónicas de viajes en esta semana de convulsión política

Es esta vergonzosa coyuntura de renuncias forzadas, juramentaciones de emergencia y democracia incierta, en mi mente bailotean las imágenes de una cámara escondida que revela el 'cómo lo hacen' y 'cuál es el negocio' de los congresistas, en vez del festivo andar de una comparsa carnavalera o la inquietud de una faena mancomunada y compartida, en la que un grupo de campesinos desentierran montones de papas de las entrañas de sus chacras.

Me apasiona recorrer los caminos y escribir las historias que encuentro en mis rutas. Hoy quise hacerlo; hoy no pude hacerlo. Les pido disculpas por ello. Soy un profesional y en esta página usted debería leer, por ejemplo, sobre las parihuanas que retozan, descansan, se alimentan en las aguas de tonalidades cambiantes de la laguna de Paca (Jauja, Junín) o acerca de los preparativos que se realizan en Ayacucho, Huancavelica, Tarma o Catacaos (Piura), en todos lados, para celebrar devotamente la Semana Santa.

Sí, eso debería contarles, pero mis palabras toman otros rumbos. La culpa es de esa desquiciante vocecita interior que llamamos conciencia. Quiero amordazarla. Es imposible. Insiste, cuestiona, me encara. Se burla de mis historias de siempre, esas que describen la ritualidad de quienes ofician los tributos a la tierra, la paciente destreza de una artesana que trabaja el barro, la sabiduría de un chamán que se entiende con la naturaleza o la fe danzarina y embriagante de los mayordomos de las fiestas religiosas.

Ninguna sirve en este momento. 'Así es la nuez', sentencia e ironiza con crueldad, citando una de las frases que profundizó la crisis en una nación que merece autoridades que no trancen bajo la mesa, que no mientan descaradamente, que no negocien sus votos. Suena tan sencillo, pero ahora es una utopía pensar en un gobierno decente, en el que la corrupción no sea el aceite que suaviza los engranajes de la maquinaria estatal.

Los políticos se indignan cuando el cuestionado no es de su partido, pero se vuelven mansitos si el involucrado es su líder. Todo es un engaño. Teatro o circo para la prensa y sus electores. Al final, su única preocupación es aferrarse al poder. Mientras eso ocurre, los peruanos seguimos adelante como si no pasara nada, como si la podredumbre del sistema fuera lo normal. Pasivos e indolentes, asumimos que las cosas son así. No hay forma de cambiarlas.

Un sombrío panorama en el que el 'sálvese quien puede es la consigna'. Lo individual aplastando a lo colectivo. Poco o nada importa la pobreza de los otros, la pésima educación y la precariedad del sistema de salud que reciben los hijos y los familiares de esos otros, siempre los otros, no yo que lo único que quiero es mantener mi trabajo, mi posición, mi hogar entre rejas y alarmas, también mis sospechas permanentes hacia aquellos malvivientes y desadaptados que me pueden matar por un Iphone.

¡Basta!, le grito a mi conciencia. El Perú es más que un puñado de políticos ladrones y ciudadanos absortos que flotan en su burbuja, agrego para persuadirla. Imposible. Se enterca. Exige razones y argumentos, entonces, le hablo de aquellos comuneros que se organizaron para techar la casa de una mujer que se había quedado sola, de las madres que jamás fueron a la escuela, pero rescataron en grupo los secretos textiles que heredaron de sus abuelos, con la intención de tejerle un futuro distinto a sus hijas.

También le hago recordar que todavía hay pueblos de puertas abiertas en los que jamás se pierde nada, que existen comunidades en las que aún se practica el 'hoy por ti, mañana por mí', que en los caminos se comparten generosamente las meriendas con los desconocidos por el simple hecho de que "todos somos peruanos. ¿No es cierto?", y que por puro espíritu solidario, un ocasional compañero de viaje te puede invitar a pasar la noche en su casa, pero no en el sillón, tampoco en el piso. En su propia cama.

Y la voy convenciendo y baja la guardia y se reafirma (nos reafirmamos) en el camino periodístico que me aconsejó seguir (decidimos seguir) hace ya más de 17 años, aunque en esta semana de revelaciones nauseabundas, me exigiera a reorientar mis palabras para romper mi propia burbuja y escapar de mi espacio de confort. Solo así podría expresar –con las disculpas de ustedes– lo mucho que me indigna y entristece la vocación delincuencial de aquellos que nos gobiernan.

A pesar de eso, seguiré viajando y escribiendo para mostrar las otras caras del Perú. Y es que ningún político podrá quitarme ese privilegio.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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