Reflexión viajera: una crónica sin destino Destacado

Lees (descifras) las notas, miras (admiras) las fotografías de tu archivo. Viajas con ellas. Te pierdes con ellas. Vas y vienes con ellas por distintos lugares. Tantas vivencias y anécdotas. Tantas ciudades y pueblos recorridos. Tantos que te faltan por visitar y conocer. No te alcanzará el tiempo y jamás podrás responder sí, cuando alguien te pregunte si conoces todo el Perú.

Donde el autor, inspirado o confundido después de escudriñar sus archivos andariegos, tiene el descaro de culpar al Perú, por su incapacidad de recomendar uno o varios destinos en esta crónica dominguera

Siempre lo hacen. Tarde o temprano lo hacen cuando se enteran de que te ganas la vida viajando, escribiendo, haciendo fotografías; pero tú dices “que no, que eso no es posible, que ya quisieras conocerlo todo”. Al oírte, el inquisidor ocasional te mira con cara de duda y gesto de ‘este es un impostor o solo un aprendiz’, entonces, para comprobar sus sospechas, pide que le recomiendes uno o varios destinos.

Y no sabes que contestar. Titubeas, divagas, te confundes. “Me agarraste frío, en realidad hay muchos lugares”, te excusas con la intención de salvar tu honor y el propósito de cambiar de tema. No lo haces. No convences. Nunca sales bien librado de ese interrogatorio. Te ocurre lo mismo ahora, cuando lees y miras, descifras o admiras tus notas y fotografías, buscando inútilmente un destino sobre el cual escribir.

“La culpa es del Perú”, bromeas mientras tus imágenes te llevan de la costa a la montaña, de los valles a los bosques, del desierto caluroso a las pampas bajo cero. Sí, la culpa es del Perú y de los peruanos, de los buenos peruanos que son muchos, que son la mayoría, que son los que le dan vida a un territorio cambiante, a un país diverso, a una nación que es un mosaico de costumbres y tradiciones distintas.

Quizás, hoy el destino debería ser el Perú. Todo el Perú, el que conoces, el que no llegarás a conocer completamente. Así de simple. Así de directa debería de ser también tu respuesta de viajero impostor, de viajero aprendiz que se revela y anima a proponer ir más allá del Cusco arqueológico, del mar de Piura y Tumbes, de las aguas legendarias del Titicaca y de la biodiversidad de Loreto o Madre de Dios.

Buscar alternativas. Atreverse a recorrer otros caminos. Explorar, descubrir. Dejarse guiar por los pálpitos, ignorando a veces a las guías y a las webs de turismo, en fin, planificando menos, partiendo más y dejando en casa el miedo a las carreteras abruptas, a los hoteles sin estrellas, a los restaurantes en los que escasean los cuchillos y las servilletas suelen ser de papel kraft.

¿Te animarías?, eso tendrías que preguntarle al próximo amigo, conocido o contacto que te pida recomendaciones, con la esperanza de que le recites un rosario de sitios accesibles, clásicos, de esos que se deben visitar al menos una vez en la vida. Y esa es la consulta que le haces ahora, a los lectores de este relato que surgió de la nada, que nació de leer (descifrar) las notas y de mirar (admirar) las fotografías de tu archivo.

Imágenes y palabras que te transportaron a Saqsayhuaman, a las islas Ballestas, a las líneas de Nasca, al cañón del Colca, a las aguas del río Amazonas; pero que a la vez te hicieron recordar una noche de carpa y fogata en las altura boscosas de Pacaipampa (Piura), una tarde de granizo en los dominios del apu Pariacaca, una mañana de juramentos incumplidos en las arenas ardientes de la costa sur.

“Hasta aquí nomás llegó”, “Ya no vuelvo a trekear”, evocas tu berrinche andariego al desarchivar las imágenes de la ruta Lomas (Arequipa) a Marcona (Ica). Travesía intensa. Pies ampollados. Escasez de agua. No querías continuar, pero lo hiciste, tenías que hacerlo, volverías a hacerlo en el Salkantay, en la vuelta al Ausangate, en el ascenso a Vinicunca, la montaña de los siete colores.

Allí no hacía calor. Ahí no estabas frente al mar. Allí no prometiste abandonar los caminos. Ya tenías más experiencia. Ya estabas más fogueado. Ya habías aprendido que siempre se puede dar otro paso a cinco mil metros de altura o en las sofocantes trochas amazónicas que conducen a comunidades nativas y te encaminan hacia cochas habitadas por caimanes y lobos de río.

Naturaleza en estado puro. Cultura ancestral. Vivencias compartidas con los asháninkas de la Selva Central, con los matsiguenkas que te guían a la cocha Salvador, con los comuneros de Andamarca que le rinden tributo al agua y a la tierra, con los pescadores de Huanchaco que montan sus caballitos de totora, con la curandera del río Marañón que habla con las plantas y los animales.

Tantos lugares en tu archivo, cuántas historias por descifrar en tus libretas de notas. Y eso que no conoces todo el Perú, impostor o aprendiz de viajero. Pero eso no importa. Igual seguirás partiendo, yendo y viniendo para escribir nuevas crónicas, para mostrar las imágenes de todos aquellos lugares que nunca mencionas, cuando te piden recomendar uno o varios destinos.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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Modificado por última vez en Domingo, 29 Abril 2018 08:39

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