El caballo psicólogo de Huayllapa Destacado

El Morito, que resultó ser un taimado, fue midiendo la capacidad y el carácter de su jinete. Al inicio –hay que reconocerlo– obedecía dócilmente y cabalgaba sin apuros ni perezas. Marcha y ritmo ideal para un caminante que por los caprichos del clima y las premuras del tiempo, fue conminado a cambiar el andar de sus dos pies por el trote ajeno de las cuatro patas de un caballo que ‘es bien mansito’.

Esta es la historia de una travesía al mirador de San Antonio que debió vivirse al galope, pero que por culpa de un pésimo jinete y un caballo taimadamente remolón, terminó desviándose hacia otro destino de la comunidad de Huayllapa en el distrito de Copa (Cajatambo, Lima)

Así lo describió Ricardo o Richie cuando en la puerta de su casa ajustaba la montura y los estribos. Lo que no reveló es que ese equino era medio psicólogo y hasta tenía la capacidad de leer la mente. Y si bien es posible que callara para no asustar a ese aprendiz de Llanero Solitario, creemos que él desconocía las extrañas habilidades de su apacible cuadrúpedo. Tal vez, este solo las aplicaba con los atemorizados forasteros.

Pero no en el pueblo. Ahí era bien portado y no hacia ninguna travesura en la plaza ni en esa calle de pura tierra desde la que se ve el río. Es como si el Morito se esforzara por mostrarse correctito y educado ante los ojos de los comuneros de Huayllapa. Después, cuando el camino se hacía pendiente y las casas sencillas de adobe y piedra quedaban atrás, empezaba con sus berrinches y majaderías.

Ese tramo –que no es largo, pero si esforzado por un largo ascenso–, le bastó para medir las habilidades ecuestres y sentir la tensa incomodidad del hombrecito que pretendía llevar sus riendas hasta San Antonio, uno de los miradores de la cordillera de Huayhuash, perdón, el MIRADOR, sí, lo mejor es escribirlo en mayúsculas con el propósito de resaltar la trascendencia de esta travesía montada.

Y, de paso, para darle gusto a Leonardo Olave, el promotor o culpable de que un plan andariego se transformara en cabalgata, con la complicidad de Ricardo o Richie, quien es infalible cuando se trata de conseguir bestias de carga y trote en Huayllapa. La razón del cambio era simple y bastante lógica: había que ganarle a las nubes que se posan sobre las cumbres, estropeando la visión panorámica que ofrece el MIRADOR.

Lo que nadie previó –salvo el rebelde Morito– es que la falta de pericia del inexperto visitante, sumada a la astucia remolona del caballo, atentaría contra cualquier posibilidad de adelantarse a las brumas. Bien despacito iban, tan pausadamente avanzaban que a ese ritmo solo podrían dejar atrás a una tortuga, animal inexistente en esta geografía de quebradas y montañas.

Y no es que el forastero quisiera ir lento para poder observar el panorama que regala generosamente las afueras de Huayllapa: visiones refrescantes –cauce apresurado, una catarata lejana que empieza a agrandarse–, miradas prometedoras –mechones de nieve en el horizonte–, caminos que se desvían –hacia la izquierda la quebrada de Segya. Allí resalta el Yerupajá, la segunda montaña más alta del Perú.

Pero no es el espléndido paisaje lo que retrasa el avance. Tendrían que acelerar. El jinete quiere hacerlo. No lo consigue. Sus fuetazos son tan débiles que lo único que consiguen es abanicar los cuartos traseros del equino. Él manda ahora porque se mueve en cámara lenta el 90 por ciento del tiempo. El 10 por ciento restante acelera para poner en su sitio a ese faltoso e irrespetuoso que intenta darle órdenes.

Así era imposible adelantarse a las nubes, entonces, ya no tenía sentido continuar a San Antonio. “No veremos nada”, anuncia entre la congoja y la decepción Leonardo, al llegar a la base de la catarata Puajpajsa o de las ocho caídas, donde se desprende el caminito en perpetuo ascenso que acerca al afamado mirador, lo escribimos en minúscula para expresar la decepción ante el fracaso aventurero.

Qué hacer. Regresar antes de tiempo para darle gusto al Morito que no quiere alejarse demasiado de su querencia, o buscar otro paraje que le de cara a los nevados, total, esos vistazos no escasean en los alrededores de Huayllapa (distrito de Copa, Cajatambo, Lima), una comunidad de paso y pernocte para los viajeros que se animan a darse una vueltecita por el circuito pedestre de la cordillera de Huayhuash.

Tiempo de decisiones. Leonardo, que nació en esta tierra y la conoce al revés y al derecho, propone continuar hasta el campamento de Cutatambo. Capaz por allá el cielo está despejado y, como el camino es básicamente pampita, llegarían sin mayores problemas y a buena hora, incluso avanzando a paso de procesión. La propuesta fue aprobada. No querían volver con el rabo entre las piernas a la comunidad.

Continuaron. El sol seguía sin aparecer y el viento era incapaz de ‘arriar’ a las nubes que dormitaban cómodamente entre las cumbres congeladas. La espera es inútil. El panorama no cambia, al menos arriba, en el cielo; abajo, en la tierra, la situación es distinta. De pronto, irrumpe un ejército de presurosas acémilas bien cargadas. Detrás van los arrieros imponiendo su rigor a gritos, también dos mujeres de sombrero y pollera.

Ellas no tienen tanta prisa. Se detienen, conversan, se quejan del clima y desaparecen. Una presencia fugaz en un paraje en el que hay una casa abandonada y, en el cerro del frente, los restos de una mina que ya no opera. Al otro lado están las montañas. Su belleza se presume entre los jirones de la bruma esponjosa. Es una visión extraña e inesperada que sirve para constatar que las condiciones son extremas y cambiantes a 4000 m.s.n.m.

No es sencillo explorar la altura. No es fácil vivir a los pies de una cordillera. Lo saben de sobra los arrieros y las señoras ensombreradas. Lo comprenden los viajeros cuando sienten el frío y retan a los caminos kilométricos; pero, a pesar de esas dificultades, es hermoso estar aquí. “No cambiaría por nada todo lo que he vivido en mi tierra”, se sinceraría Leonardo al finalizar la travesía.

El forastero le da la razón, aunque él sí estaba deseoso de cambiar algo. Y lo hizo. Regresó caminando a Huayllapa. Y es que ya no aguantaba al Morito, ese caballo taimado que parece mansito, pero que es capaz de leer la mente, aunque su dueño no lo sepa o no quería decirlo cuando ajusta la montura.

Infodatos

El destino: Desde Lima por la vía Lima-Churín-Cajatambo-Huayllapa. En la comunidad hay servicios básicos y telefonía pública (no hay señal celular ni Internet). Existe un hotel comunal y un par de hospedajes sencillos. En la zona contacte con Ricardo Espinoza, quien, además de conseguir cabalgaduras, puede brindarle alimentación.

Huayhuash: la cordillera tiene 30 kilómetros de extensión, los cuales abarcan localidades de las regiones Lima, Áncash y Huánuco.

Gigante: el Yerupajá (6635 m.s.n.m.) es la mayor montaña de Huayhuash. En el Perú, su altitud solo es superada por el Huascarán (6768), localizado en la cordillera Blanca.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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Modificado por última vez en Domingo, 12 Agosto 2018 11:53

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