2019: el año de las caminatas Destacado

Con ampollas aprendí los trajines de andariego en los caminos rurales del país en el que nací. Así, en décima y parafraseando al gran Nicomedes Santa Cruz, proclamo –y los invito a proclamar– que este 2019 renunciaré –todas las veces que pueda– a ser un pasajero que paga con sencillo cuando baja de un bus, de una combi rechinante, de un auto colectivo, o agradece con el pulgar arriba luego de saltar de una tolva traga polvo.

Dónde el autor proclama que este año renunciará todas las veces que pueda a ser un pasajero o un jinete, para ‘graduarse’ como un auténtico trota Perú y un chasqui moderno en varios de los infinitos caminos pedestres que anhela recorrer con la fuerza de sus propios pasos

También anuncio –¿anunciamos?– que solo aceptaré los ofrecimientos solidarios o comerciales de los arrieros para cabalgar en uno de sus nobles y sacrificados cuadrúpedos, cuando me encuentre en condición de bulto a la vera de un sendero. En otras situaciones o circunstancias no recurriré a esos ‘pies ajenos’ para coronar una encrespada pendiente o descender hasta el fondo de una quebrada de escalofrío.

Caminar. Esa será la consigna principal en este año en el que espero graduarme –¿escribo esperamos graduarnos?– de chasqui moderno, de auténtico trota Perú, de aventurero incansable, aunque eso de incansable habría que ponerlo entre comillas y en negritas, porque en mis travesías pedestres no escasean los calambres, los retortijones y hasta las promesas jamás cumplidas de una pronta jubilación viajera.

Y es que no hay manera de abandonar esos peregrinajes en los que nada está aquicito nomás, por más que el hombre que le rinde tributo a Pachamama, la señora que teje en el atrio de esa iglesia tan vieja como los mismísimos pecados y los niños que van jugueteando a la escuela, afirmen todo lo contrario. Ellos mienten. Mienten sin maldad para regalarle una esperanza a los foráneos abatidos que recorren sus vías ancestrales.

Aquicito, a la vueltita, pasando el cerrito, dicen, engañan, ilusionan. ¿Cuándo lo escuché por primera vez? Fue acaso durante mi acalambrado retorno al pueblo de Cotahuasi (La Unión, Arequipa) después de visitar la encañonada y portentosa catarata de Sipia, o, tal vez, en mi frustrada exploración a la boscosa y poco conocida Reserva Comunal El Sira, un área protegida compartida por las regiones Huánuco, Pasco y Ucayali.

Allí no fueron los calambres los que generaron la angustia por saber cuánto faltaba. Tampoco el cansancio fruto de una jornada de más de 15 kilómetros. La culpa fue de unas ampollas con amplitud de cráteres que aparecieron en mis pies apenas me eché a andar. Todo por calzar unas botas de monte que compré a última hora en una tienda de Yuyapichis, localidad a la que regresé tumbado en una rústica canoa.

Tiempos de aprendizaje. Escuela al aire libre donde los cocachos de Nicomedes se convirtieron en resbalones y torceduras, en vivencias inolvidables en los senderos rurales del país en el que nací. Miles de pasos persistentes en los caminos incas que unen Huari (Áncash) con la arqueológica Huánuco Pampa (Huánuco), la capital del Chinchaysuyo; Tarma con Jauja (Junín); Piscacucho con Machu Picchu (Urubamba, Cusco).

Cuatro días de recorrido cosmopolita por un escenario que es montaña y verdor, historia y cultura. Viaje soñado que suma en la pretensión de convertirse en un auténtico trota Perú, como contribuye, a su manera, esa búsqueda inédita del océano que empezó en Pampas Galeras y terminó en la bahía de San Fernando en Marcona (Nasca, Ica), una reserva nacional con zorros, guanacos y cóndores que vuelan sobre el Pacífico.

Y más aprendizajes kilométricos en las subidas exigentes y las bajadas demoledoras que conducen a Choquequirao (Cusco), o a los dominios de los apus Ausangate y Salkantay, las montañas protectoras amenazadas por el cambio climático y el calentamiento global. Retos de altura superados, pero que no son suficientes como para calificarme como un chasqui moderno y un aventurero incansable.

Faltan varías travesías: la cordillera de Huayhuash (Áncash, Lima, Huánuco), considerado uno de los circuitos de treking más impactantes del planeta; el periplo Cachora-Choquequirao-Machu Picchu; la vuelta al Pariacaca, enfrentando los más de mil peldaños de Escalerayoc (Junín), otra joya del sistema vial trazado por los incas. Y me olvido de otros nombres, de otros circuitos pendientes.

No importa. Sea como fuere este año trataré –trataremos– de camanar más. No es un decreto, es una invitación a conocer el Perú con la fuerza de nuestras piernas y de nuestra propia voluntad. Y es que siempre se encuentra la manera de dar el siguiente paso para llegar a ese lugar que jamás está aquicito nomás. Quizás sea lo mejor. Si el destino estuviera muy cerca, mis y sus trajines andariegos no serían tan divertidos.

Texto y fotos: Rolly Valdivia Chávez
INFOTUR PERÚ

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