Paracas, reserva de recuerdos Destacado

Ya no eres la que fuiste, aunque no has dejado de ser la que eres: mar y desierto. Esa es tu esencia, tu encanto, tu singularidad más allá del crecimiento urbano, de los hoteles vistosos, de los condominios exclusivos. Sí, has cambiado mucho. Estás distinta. Te veo moderna e inquieta. Has crecido tanto que casi no te reconozco. Tu faz urbana me impresiona, me atrae... también me preocupa.

Donde el autor aprovecha su paso fugaz por Paracas (Pisco, Ica), para recordar sus visitas anteriores a la reserva nacional y, mientras recorre el remodelado malecón de El Chaco, reflexiona sobre el futuro de esta área de vida que en los últimos años ha experimento un importante crecimiento urbanístico y turístico

Hoy, al verte de nuevo bajo un sol de rayos hirientes, no pude dejar de preguntarme si tu desarrollo anda bien encaminado. No será que te están llevando –te estamos llevando – hacia tu propio desborde y colapso. Tal vez, ese crecimiento arquitectónico y turístico no es sostenible ni sustentable, entonces, en qué te convertirías en el futuro: en una nostalgia, en un recuerdo, en una oportunidad de conservación perdida.

Discúlpame por hablarte así. No quiero incomodarte ni pretendo ser impertinente. Total, siempre nos hemos llevado bien. Lo admito. Me flechaste desde el principio con tus barquitas dormidas en el muelle, con tu Candelabro tatuado en la epidermis de una montaña, con tus islas tapizadas por lobos marinos, con tus desiertos barridos por el viento impetuoso, con tus playas escondidas que te convierten en un destino tentador.

No sé si te lo he dicho antes, Paracas, pero eres uno de esos lugares a los que dan ganas de volver, volver siempre, volver muchas veces para navegar hacia tus islas –brisa, aves guaneras, formaciones rocosas–, conocer más de tu historia de cavernas y necrópolis, de mantos y momias, conmoverse frente a los restos de tu catedral caída –el terremoto, el caos, la tragedia– aventurarse por tu desierto y orillas recónditas.

En eso no has cambiado. Tu geografía y tu fauna siguen atrapando, conquistando, seduciendo. Es imposible no emocionarse durante la travesía a las islas Ballestas o al avistar a las parihuanas (flamencos) que dan la bienvenida al área terrestre de la reserva. Visiones en blaquirrojo. Sentimiento de peruanidad al recordar el sueño de San Martín que propagó Abraham Valdelomar en uno de sus cuentos.

Tantas vivencias y añoranzas. Te acuerdas cuando un zorro se acercó sigiloso al campamento en el que pasaría la noche. Aquella vez cubría una competencia de atletas de acero que corrían, remaban, pedaleaban bajo el sol y las estrellas. Él fue un visitante inesperado, pero cauto y tranquilo, no como esa gaviota infame que se lanzó sobre mí con actitud de kamikaze, cuando oteaba el Pacífico desde el mirador de Punta Arquillo.

Una y otra vez, con furia, rabia y determinación. Fue inútil. Resistí sus embates. Abajo estaban los lobos marinos –grandes y pequeños, machos y hembras, finos y chuscos–. Otra perspectiva de esos mamíferos que atraen todas las cámaras en la navegación a Ballestas, donde también hay pingüinos de Humboldt, piqueros, guanayes, pelícanos, por mencionar solo algunas de las 216 especies registradas en la reserva.

La gaviota se cansó o se dio cuenta de que su supuesto enemigo no era tan peligroso. Solo tomaba fotos y escribía en una libreta. Después se fue... me fui caminando hasta Lagunillas. Seis kilómetros de soledad, de aire puro, de horizontes yertos u oceánicos con pescadores pacientes que esperaban a la buena suerte y grupos de bañistas que se relajaban en las arenas o en las aguas playeras de La Mina y Raspón.

Ahora mi plan es distinto. No habrá playazo ni ceviche reponedor en Lagunillas, donde se cultivan uno de los mayores recursos de la reserva: las conchas de abanico. Tampoco zarparé hacia Ballestas. Me quedo en El Chaco con su malecón remodelado. Antes no era así. Muchas cosas ya no son lo que fueron. Eso me asusta, Paracas. Temo por ti. Temo que no sepan cuidarte. Temo que las ganancias de hoy, se conviertan en las pérdidas ambientales de mañana.

No soy pesimista ni estoy triste. Solo reflexiono mientras camino por calles que ya no reconozco, que ya no son las mismas. Los tiempos cambian, pero que tantos tendrás que cambiar tú, Paracas, para que empecemos a preocuparnos de tu futuro, de tu destino que es nuestro destino.



Infodatos

Llegar: Por la Panamericana Sur hasta el desvío a Pisco (kilómetro 231). Después hay que continuar hasta San Andrés (4 kilómetros). Desde este punto la distancia a Paracas es de 15 kilómetros. También se puede acceder por un desvío que se encuentra en el kilómetro 275 de la Panamericana. La distancia final es de 12 kilómetros.

El inicio: La Reserva Nacional de Paracas fue creada el 25 de setiembre de 1975. Tiene una extensión de 335 000 hectáreas, 217 594 de las cuales corresponden al mar.

Pasado: El Museo de Sitio Julio C. Tello revela algunos de los secretos de la cultura Paracas. Localizado dentro de la Reserva Nacional de Paracas, el año pasado fue elegido como el mejor museo de Latinoamérica por el Leading Culture Destinations Awards.

Flamencos: conocidas como parihuanas en las alturas andinas, fue el escritor iqueño Abraham Valdelomar quien escribiera sobre el sueño rojo y blando de José de San Martín en Paracas. Esta historia se popularizado de tal manera que muchos creen que la bandera nacional tuvo su origen en esa siesta del libertador.

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

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Modificado por última vez en Domingo, 03 Marzo 2019 08:18
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