Lunahuaná: un golazo aventurero Destacado

Y se cayó. Sin anuncios ni avisos previos y cumpliendo fielmente los mandatos de la ley de la gravedad, se fue derechito al suelo. Vanos fueron mis intentos para atraparla en plena caída y eso que mis reflejos son dignos de un felino desde aquellos tiempos en los que por ser el menor entre todos los jugadores (de fulbito por si acaso), era enviado al arco en las pichanguitas domingueras y con brisa marina en la bajada de Marbella.

Que tienen en común el valle de Lunahuaná (Cañete) y las pichangas domingueras de un periodista viajero. Entérese en esta crónica que parece estar fuera de juego, aunque al final, a través de una serie de quiebres y fintas, termina convirtiéndose en un golazo, al menos en la opinión de su autor. ¿Le creemos?... habrá que leer

Allí, unos grandullones me fusilaban sin misericordia ante la desidia de una defensa con más grietas que el intercambio vial de 28 de Julio. Felizmente, la crisis del ‘jutbol’ peruano ya era evidente y esos remates no buscaban el cariño de las pitas, como decía un locutor radial de esos tiempos. Todo lo contrario, aquellos taponazos se dirigían hacia el asfalto de la Costa Verde o a las aguas no muy limpias de una playa sin bañistas.

En ocasiones, esos puntazos iban al bulto, entonces, mis reflejos tenían la misión de cubrirme la cara u otras partes sensibles de mi cuerpo. Solo eso. No me servían para atrapar a ‘la número cinco’, parafraseando a otro narrador antiguo. Esa característica que me hacía un portero mediocre en partidos igualmente mediocres, impediría que mis manos se interpusieran en el cumplimiento de la ley de la gravedad.

Y se cayó y se rompió y me arrepentí de haber abandonado el arco varios años atrás. Si hubiera continuado haciéndole frente a esos taponazos, sería hasta hoy un experto en embolsar a la gordita -sí, esa es otra frase de las narraciones futboleras- y, de taquito o como quien no quiere la cosa, cualquier otro objeto, incluyendo esa luna que sin anuncio ni aviso previo se cayó de mis gafas, cuando recién aparecía en Lunahuaná.

Casi la agarro, como casi atajaba esos balones que se convertían en gol, porque si bien los rivales eran más malos que el arroz crudo, a veces, por obra y gracia de un peruanísimo champazo, remataban en la dirección correcta. En esas ocasiones, al igual que en este viaje con itinerario de festival, con planes de aventura en el río y de rondas de vinos y piscos en varias bodegas, me faltaba un poquito para salvar la situación.

Imposible. Mi viaje empezaba con un gol en contra y un ojo fuera de juego. Sería difícil disfrutar a plenitud de este soleado destino con un desbalance visual tan marcado. Lunahuaná borroso en el lado izquierdo, bien enfocado en el derecho. Mareo, fastidio, dolor de cabeza y eso que todavía no había probado ninguno de los vinos y piscos que se producen en sus bodegas ni volado en el canopy que cruza el río Cañete.

Paciencia. No desesperarse. Buscar soluciones. ¿Un parche?, ¿un lazarillo? o ¿dejarse guiar por la memoria viajera? No era mi primera vez. No sería mi última vez en el pueblo y el valle, en el río y las viñas, en el legado arqueológico de Incahuasi y el puente colgante de Catapalla, en el camping San Jerónimo y en sus movidos festivales, un auténtico clásico de la diversión a solo un paso de la atosigante Lima.

Dejarme guiar por mis recuerdos y vivencias. Tratar de mirar no solo con mis ojos. Sentir, oler, palpar, saborear un destino que está aquicito nomás y jamás decepciona, un lugar que es sosiego y reto. Quién se anima a enfrentar los rápidos del Cañete, el río que nace en la laguna Ticllacocha y recorre 220 kilómetros para desembocar en el océano, o quién quiere pedalear por quebradizos senderitos de tierra y polvo.

Recordar y revivir las noches estrelladas, las risas entre amigos, los brindis escuchando el rumor de las aguas y el susurro del viento. Qué importa si estoy ‘medio tuerto’ por no agarrar una de las lunas de mis anteojos, como también era incapaz de detener los pelotazos en Marbella, cuando era un arquero sin futuro y no una especie de aprendiz de cronista andariego que, según las malas lenguas, tampoco tenía demasiado futuro.

Eso es lo de menos. Salud por los arqueros y los cronistas sin porvenir. Salud por Lunahuaná que en ese futuro que ya es presente sigue vistiéndose de Festival de la Uva, Vino y Canotaje. Salud por los que escuchan el llamado del río y abandonan la ciudad en buscan de adrenalina y descanso. Salud por los que solo atrapamos buenos momentos - jamás una luna, rara vez un balón- en un destino que siempre será un golazo viajero.

Infodatos

Distancia: 187 kilómetros desde Lima.

Ruta: Lima-San Vicente de Cañete-Lunahuaná. El primer tramo por la Panamericana Sur y el segundo por la vía que conduce a la Reserva Paisajística Nor Yauyos-Cochas.

Jolgorio: Del viernes 15 al domingo 17 de marzo, se vivirá en Lunahuaná la 29 edición del Festival de la Uva, Vino y Canotaje.

A tener en cuenta:

• Viernes: competencia de kayac y canotaje por la Copa Wally Valderrama, uno de los promotores de los deportes de aventura en Lunahuaná (15:00 horas).
• Sábado: pisa de la uva, gran corso alegórico y pasacalle y baile de confraternidad en la Plaza de Armas.
• Domingo: gran concurso de la uva quebranta, danzas tradicionales y gran concurso del vino artesanal de Lunahuaná.

Información: en la página de Facebook del Área de Turismo de la Municipalidad Distrital de Lunahuaná www.facebook.com/pages/category/Community/Area-Turismo-Municipalidad-Lunahuana-1473860759569914 

Fotos y texto: Rolly Valdivia
INFOTUR PERÚ

Valora este artículo
(0 votos)
© 2017 Infotur Perú. Todos los Derechos Reservados por GLOBALTEX PUBLICIDAD SAC

Solución web por Pumahostweb